Mi reino es para dentro.
Empezar a pintar me costó mucho, así que me hice una trampa a mí mismo y empecé haciendo viñetas grandes.
Siempre he creado a partir de la palabra y de una idea. Todas mis viñetas, flyers, libros, logos y todo lo que he ido haciendo, ha partido de una frase, de un mensaje claro y corto. Con el "cacao" que tengo en la cabeza necesito explicármelo fácil.
Con esta manera de trabajar me inventé un personaje, El Rey de los Gilipollas, una especie de representación del narcisismo infantil, el Rey de la casa que un buen día descubre que ya no lo es y se pone triste, el niño que se siente abandonado al descubrir que no tiene nada de especial respecto a los demás, ni es nada especial por el hecho de ser el preferido de sus papás, sin duda un momento triste de la vida de un "mimado" y una etapa que especialmente los artistas parece que jamás abandonan.
Quise ironizar sobre esto y sobre mí mismo, necesitaba quitarle hierro a eso de querer ser artista, quitarle importancia, me daba vergüenza y era como traicionar mis principios de humildad por encima de todo.
Me puse compulsívamente como siempre hago y en pocos días tenía más de 50. Compré papel bueno y grueso adecuado para trabajos artísticos y usé tinta china y pinceles que compré en un viaje maravilloso que hicimos a Taiwan.
Desde mis tiempos de estudiante en la Massana, gracias a una compañera taiwanesa que tuve aprendí a apreciar el arte tradicional oriental, la tinta y sus pinceles, son mil veces mejores que los nuestros, puedes hacer infinidad de trazos, de los más gruesos y expresivos a la linea más fina y delicada, y el negro de la tinta es alucinante, no hay nada más negro, ni el famoso Vantablack de Anish Kapoor, realmente es un goce para los sentidos la oscuridad que crea, es la ausencia total.
Mi reino es para dentro, es negro y oculto, como la tinta china.

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