La cueva de las maravillas
A esta pintura la titulé la cueva de las maravillas porque me lo pidió ella. Se pintó sola. Eso pensé.
Acabo recogida como el interior de una cueva y una entrada de luz al fondo, en lo alto, todo ese amarillo y los asteriscos que son como brillos de piedras preciosas en los tebeos.
Me pareció el interior del centro de la tierra en la novela de Julio Verne, un lugar lleno de cristales de colores y de luz que no se sabe muy bien de dónde viene.
La cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones, un lugar lleno de cofres tesoros, joyas y monedas de oro.
Un cobijo que encuentras por casualidad al caer en un agujero caminando de niño por el bosque, después del susto, la maravilla.
Así funciona muchas veces la creatividad, vas caminando despistado y te caes, el accidente artístico, el objeto encontrado.
La mente te oculta lo que sabe y te lo ofrece como maravilla inesperada, pero te ha de pillar andando, haciendo, probando cosas.
De expedición encontré una cueva que había olvidado llena de tesoros, mis juguetes de niño, los colores de siempre.


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